Cinco horas. Cinco horas de viaje pueden dar para mucho, y si no que se lo pregunten al chico de rayas o a la chica latina de los asientos uno y dos, fue muy emocionante verlos intercambiándose el número de teléfono. O también a la chica sanitaria que le cedió su asiento al enamorado que se quería sentar al ladito de su chica, aunque estos ni se hablaron en todo el camino, sólo leían y el único roce que se dedicaron fue el topecito de cabezas cuando se quedaban sopa. Y qué decir de los ancianitos de delante, no dieron ni un ruidito, no sé qué harían, porque ni hablaban ni roncaban ni comían, ni miraban por la ventana cada vez que nos concentrábamos en la caravana. Bueno, y el niño de detrás, qué punto! jugaba con su padre a las palabras encadenadas y yo no podía parar de reír, cada vez que al chiquillo le tocaba decir una palabra que empezara por la sílaba do, a mí instintivamente me salía dominó, doritos, donut, doraimon... la palabra que él decía era Donatello, jajaja, no sé por qué me hacía tanta gracia, pero es que "Donatello", por lo menos la dijo en tres ocasiones.
Y yo en qué me entretuve en esas cinco horas? pues como podéis comprobar en observar a mi alrededor, jugar con Manu a adivinar las marcas de coche que se apresuraban a adelantar a nuestro querido secorbus, a mirar la película que nos puso nuestra chófer pero sólo a mirar porque mis auriculares no se dignaron a funcionar, a echar un sueñecito muy dulce justo casi a la entrada de Córdoba, fíjate si era dulce que no quería ni que terminara el viaje, me hubiera encantado seguir hasta Algeciras, por ejemplo.
En fin, cinco horas. Cinco horas que pasaron rápido, tan rápido como estos tres fugaces días que he pasado allí en la gran ciudad. Si pasaron rápido es buena señal, ya os conté en otro post anterior, así que con eso me conformo.
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